Le dije al sol: entra despacio, no lo despiertes.
Cuando lo alcances llénalo de besos, él sabrá que soy yo.
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Una día en la tarde mi abuela me tomó de la mano y fuimos al jardín.
El durazno estaba lleno. Cortó un montoncito, se sentó sobre una piedra y uno por uno los limpió con el borde de su mandil. Nos comimos unos cuantos con unos granitos de sal.