Cuando la renovación del permiso para manejar se ha hecho tres veces es que ya han pasado 12 años desde el primero. El trámite es sencillo y dura como cinco minutos, el resto de las dos horas y media se pueden contemplar las manchas del piso, los dibujos de mugre en los vidrios o hacer biografías mentales para convertir el fastidioso evento en un CASI fastidioso evento. Se va volviendo uno especialista.
Asisten los mismos personajes de siempre: la SE-ÑO-RI-TA con la certeza de su estado civil impresa en la cara. El señor ME PRESTA SU PLUMA, completo inútil de casi 60 años que no hace nada sin el permiso del hermano mayor. El preguntón que quiere escuchar los requisitos de boca de todos. El militar rapadito de la gorra camuflage que nunca habla con nadie y trae un ciento de folios en una bolsa negra. El ñoño con anillo de casado y disfraz del Opus Dei, que se come con los ojos a todas las jovencitas sin que se note demasiado. El gordito simpático que se come las quejas sobre el mal gobierno que hace la señora de pelo rojo con raices negras.
Fulano o sutano, los nombres son lo de menos, lo mal que sale uno en la foto también porque durará sólo cuatro años. Total, a quién le importa la licencia en una ciudad donde a veces de un lado a otro se llega más rápido a pie.
miércoles, 20 de febrero de 2008
miércoles, 6 de febrero de 2008
El caballo de Gandhi
Cosas raras se ven en la calle.
Recién recordaba aquella vez que la chica del kimono corría en dirección contraria a las flores que llovían del cielo, uno de esos instantes que se graban para permanecer siempre en no se qué parte poco accesible de la memoria. Lo estaba pensando cuando un caballo que venía hacia mi se desprendió de su carro y se tiró al suelo para dejarse morir. Su masa enorme bloqueó los dos carriles. Interrumpió la circulación de la avenida ésta en que el tránsito va como vapor en un tubo.
Recién recordaba aquella vez que la chica del kimono corría en dirección contraria a las flores que llovían del cielo, uno de esos instantes que se graban para permanecer siempre en no se qué parte poco accesible de la memoria. Lo estaba pensando cuando un caballo que venía hacia mi se desprendió de su carro y se tiró al suelo para dejarse morir. Su masa enorme bloqueó los dos carriles. Interrumpió la circulación de la avenida ésta en que el tránsito va como vapor en un tubo.
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